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Cuba cubana, no anglosajona, ni soviética

A propósito de un trabajo publicado en el periódico Granma del 1º de marzo de 2017, versión de la intervención del Dr. Eduardo Torres-Cuevas en el VII Pleno Ampliado de la Unión de Periodistas de Cuba.

La historia política cubana, como la de cualquier otro país del mundo, no es algo lineal, homogéneo. Nuestra historia tiene altas y bajas, avances y retrocesos, luchas libertarias plagadas de celos y rencores, y también ambiciones personales encubiertas en discursos demagógicos. Así mismo, los gobiernos republicanos han sido democráticos o dictatoriales según soplaran los vientos.

Durante todos estos años que van desde 1850, fecha en que el anexionista Narciso López  hiciera ondear en la ciudad de Cárdenas a nuestra actual enseña nacional, hasta la fecha, los destinos del país han estado ligados a potencias extranjeras; existieron los autonomistas que no pretendían ser independientes de la metrópoli española, sino solo tener más espacio político y económico, también los anexionistas que vieron a los Estados Unidos como la única forma de librarse del coloniaje español con ventajas fundamentalmente económicas, y los independentistas no solo con mezquinos intereses económicos o políticos, sino  con sentido de soberanía nacional, los cubanos querían ser cubanos y no norteamericanos o españoles.

No obstante la claridad de los pensadores que dieron a luz las constituciones de la República en Armas y la propia Constitución de 1940, en 1976 en Cuba se da una Constitución de factura soviética, donde se aleja definitivamente de los principios democráticos heredados de la Revolución Francesa y que inspiraron las revoluciones del 68 y del 95, y por los cuales fueron al Moncada los jóvenes de la llamada generación del centenario.

Con la Constitución de 1976, el laicismo es sustituido por una nueva religión esta vez predicadora del ateísmo, la libertad de conciencia deja su lugar a la fe ciega en un líder y la base angular de la democracia, la tripartición de poderes simbolizada en el triángulo equilátero de nuestra bandera,  quedó finiquitada por el concepto totalitario de los tres poderes en uno  característico de las dictaduras.

De esta forma, con el proceso iniciado en 1959, Cuba pasó en breve tiempo de ser una república a medias, a un satélite de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas a tiempo completo. Poco faltó para que a la estrella solitaria se le sumara una hoz y un martillo y para que al nombre de República de Cuba se le agregara el apéndice de “socialista soviética”. Después de todo, parece que el sentido común se impuso a la indignidad.

¿De dónde viene la inquina contra la tripartición de los poderes judicial, ejecutivo y legislativo?,  planteada por el Barón de Montesquieu en “El Espíritu de las Leyes”. El propio Fidel Castro defendió este principio democrático en su alegato conocido como “La Historia me Absolverá”, pero en su fuero interno no estaba el ceder la más mínima cuota de poder.

Hoy en día, de una forma u otra y desaparecida la tutela soviética, los cubanos nos mantenemos pendientes, una vez más, del vecino más cercano, bueno, no será el más cercano pero es al que todos miran, unos con miedo y otros con esperanza, pero ¿por qué tiene que ocurrir que la República no pueda mantenerse de sí?, desde la más temprana infancia a los  cubanos se nos enseña a temer y odiar a los Estados Unidos y cuando ya hay uso de razón resulta  que del estado de las relaciones con ese país depende la existencia misma no solo de Cuba, sino de la propia Revolución cubana y su modelo de socialismo.

Todo apunta a que el camino opuesto a la democracia tomado por el líder máximo, es el principal escollo que enfrenta el país, no ya en cuanto se refiere a las relaciones con los Estados Unidos, sino a las propias relaciones entre los cubanos, el gobierno es absolutamente intolerante con las ideas diferentes y ha inoculado esa intolerancia a la conciencia del pueblo,  ese es el legado de sesenta años de castrismo.

A la ancestral tendencia a buscar soluciones a los problemas internos más allá de nuestras fronteras, se suma la práctica viciosa del totalitarismo que inhabilita a los ciudadanos en su capacidad de ejercer sus funciones con responsabilidad, lo que los convierte en presas fáciles de las promesas de cualquier demagogo.

El regreso a los valores que nos inculcaron nuestros próceres, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, José Martí, y todos los que coadyuvaron a definir quiénes somos y qué buscamos, nos apartará de la falsedad del comunismo con su odio de clases y discriminación por razones  de pensamiento, que nada tienen que ver con aquellos, que de hecho, rechazaron toda forma de dominación ideológica.

La justa aspiración de Carlos Manuel Céspedes y  Antonio Maceo a la libertad de los cubanos, les hubiera llevado a alzarse contra el gobierno de Fidel Castro y comparsa como lo hicieran contra la corona española. No hay ninguna diferencia entre un déspota extranjero y uno nativo, la libertad es una sola, como diría un amigo. Los cubanos deben leer a Martí, no oír lo que otros tengan a bien decirles del Apóstol sacado de contexto. La lectura de la Edad de Oro como acto obligatorio en cada hogar ayudará a formar al cubano que Cuba necesita, alejado de ideas extrañas a nuestra historia patria y hacedor de su destino.

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Abogado y periodista independiente, miembro de la Corriente Agramontista de Abogados Independientes. Director del Centro para el Análisis de Políticas Públicas Libertad y Desarrollo. Escribe para el Diario de Cuba. Participó como candidato a delegados (concejales) en las elecciones municipales del Poder Popular en el 2015.

puchochaviano@hotmail.com

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