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El grito de los cubanos ante los altos precios de los alimentos

“El grito” es el título de cuatro cuadros pintados por el noruego Edvard Munch (1863-1944). La versión más famosa se encuentra en la Galería Nacional de Noruega y fue completada en 1893.  Otras dos versiones se encuentran en el Museo Munch, en Oslo, y hay una cuarta que pertenece a un coleccionista privado.

Todas las versiones del cuadro muestran una figura en primer plano, que simboliza a un hombre en un momento de profunda angustia y desesperación.

Es lo que le ocurre a los cubanos cuando concurren a los mercados agropecuarios y contemplan los precios de los productos del agro:  su primera reacción es gritar, ¡madre mía, qué caro!

Los salarios que devengan la mayoría de los trabajadores cubanos no sobrepasa los 23 dólares mensuales. Con ese dinero, es muy poco lo que se puede comprar.

 Los altos precio de los productos agrícolas golpean fuertemente  los bolsillos de los cubanos.

La situación se agrava porque en los mercados agropecuarios de oferta y demanda  están vigentes de manera arbitraria y abusiva,  precios oligopólicos, que hacen que no exista la competencia y casi nunca haya rebaja de precios.

En cualquier mercado al que se vaya,  no importa el barrio o el municipio, los precios son los mismos.

Por ejemplo, una ristra de cebolla puede costar entre 3 y 5 dólares, una libra de mango, 1,20 dólares, la guayaba a 40 centavos de dólar la libra, la de tomate a un dólar,  y cuando aparece más barata no baja de los 40 centavos de dólar.

Los tarimeros de esos mercados se  justifican explicando que en el Mercado Mayorista Agropecuario El Trigal, al suroeste de La Habana, el único que funciona en el país, los precios que tienen que pagar por las mercancías también son elevados. Explican que por ejemplo, una caja de tomate les cuesta 24 dólares, les sale a 60 centavos de dólar la libra. A eso hay que sumarle el pago de la transportación de la mercancía. Dicen que si vendieran  más barato,  perderían.

A la mayoría de la población  le resulta muy difícil  comprar lo necesario para  cocinar en los agromercados de oferta y demanda debido  a estos altos precios.

Los campesinos venden la malanga sacada del surco entre 12 y 16 centavos de dólar la libra. Las empresas agrícolas estatales no  producen malanga en cantidades suficiente para lograr que  su precio baje.  Los campesinos y usufructuarios, que son los mayores productores de malanga, no esperan por la Empresa de Acopio y se lo venden a mejor precio a los intermediarios y revendedores. Es ahí donde se inicia la escalada de los altos precios.  Cuando el producto llega a la tarima, cuesta tres o cuatro veces su precio original.

En  El Trigal,  cuando los camiones arriban, repletos de productos del campo, los intermediario y revendedores negocian con los dueños de esas mercancías y siempre llegan a un arreglo ventajoso para ambas partes.  Compran completa  la carga de los camiones y desde ese momento son ellos los que fijan los altos precios que reinan en la red de mercados agropecuarios de ofertas y demanda  en todo el país.

Hay productos  en la mayoría de los mercados agropecuarios, pero por su limitada cantidad y los altos precios no satisfacen las  demandas de la población.

La solución a este problema es poner a producir las miles de hectáreas de tierra que están sin explotar. Solo así  se logrará que la producción agropecuaria aumente y de esta manera, a los sujetos que participan en su  comercialización  no les quedará otra salida que bajar  los  precios.

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Periodista independiente. Se ocupa de las Relaciones Internacionales del Partido Solidaridad Democrática.

osmar@aulasabiertas.com

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