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Las palmas no garantizan libertades

Como si eso fuera a ser garantía de democracia, están sembrando siete palmas reales frente el Capitolio Nacional de Cuba donde empezará a sesionar en un futuro incierto, la Asamblea Nacional.

La curumuta, corua o palma real puede llegar a alcanzar hasta 30 metros de altura y es uno de los símbolos fálicos más importantes de la cubanía. En las guerras de independencia fue utilizada por los mambises para sobrevivir en la manigua. Su tamaño intimida y como no se doblegan con el viento, tienen fama de inflexibles.

Son los árboles cubanos más vulnerables a las descargas eléctricas. Además de haber servido para construir casas que ya no se construyen en Cuba, de ser la conexión que utilizan los practicantes de la regla de osha para depositar sus ofrendas a Changó, solo le queda el valor simbólico. Y como los símbolos no protestan ni se indignan qué más da dónde los pongan.

El Capitolio ha sido remozado en más de una ocasión en los últimos 50 años, pero esta es la primera vez que se habla de una restauración capital que incluye desmontar la cúpula y trabajar sus interiores. Todo por las funciones políticas que recobrará.

Pero a penas coge forma la idea y ya empezaron las cosas retorcerse lejos de la democracia.

Una de las zonas de tolerancia más céntricas de la Habana está frente al Capitolio y en el conjunto de parques que lo rodean. La policía ha empezado a acosar (más de lo habitual) a gays, travestis y a los que parezcan que pueden estarse prostituyendo: negros y mujeres.La zona de parqueo que estaba donde ahora estarán las palmas fue desplazada para no se sabe dónde.

Y como no se brinda ninguna información sobre qué será de los vecinos de esa acera, los rumores son más crueles que los sucesos. Se dice, por ejemplo, que los vecinos serán desalojados para que esas viviendas sean ocupadas como oficinas o que serán convertidas en hoteles. Todos rumores, pero en Cuba se dice que cuando el río suena, es porque piedras trae.

Lo que ha sucedido hasta el momento es que un edificio que pudo haber sido restaurado en la esquina que muere justo frente a la escalinata del Capitolio, fue demolido y ahora es una ruina, futuro parqueo oficial. O que el cine teatro Payret está siendo restaurado después de casi llegar a la insalubridad. O que el Gran Teatro de La Habana, hoy Alicia Alonso, vivió una de las mayores restauraciones de su historia y luce esplendido.

La gente transita entre la sorpresa y la indignación, sorteando las palmas recién sembradas y el caos de las reparaciones de la empresa eléctrica, los arreglos del gas y del agua en las vías soterradas.

Algunos se preguntan si la Oficina del Historiador de la Ciudad se habrá dado cuenta que hoy es mucho mayor el tráfico que en los años 30 cuando las palmas ocupaban el mismo espacio que empiezan a ocupar ahora.

Otros agradecen que el gobierno esté retomando el interés por embellecer una ciudad que ha llegado a ser una espléndida ruina. Sin embargo, la incertidumbre mayor es que los cambios solo quedan en el juego de las apariencias. Las palmas, por mucho que luzcan, no garantizarán los derechos elementales que carecemos los cubanos ni garantizarán elecciones libres y directas, o libertad de expresión, o un cambio constitucional y tampoco garantizarán menos pobreza.

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Narradora y periodista. Sus trabajos han sido publicados en la revista especializada chilena “PAT”, en la revista cubana de Hip Hop “Movimiento”, en los sitios digitales: editorial Cubaliteraria, en el blog Havana Times, en la revista Isliada, entre otros. Trabajó durante cuatro años de redactora editora en la edictorial Letras Cubanas y actualmente forma parte del equipo de redacción de Diario de Cuba.

maria.matienzo@gmail.com

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