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Los más débiles o desamparados

Cuba es uno de los países con más envejecimiento poblacional que existe en el mundo, ya sea porque los que emigraron, más quienes se proponen hacerlo a toda costa, son mayoritariamente jóvenes  y algunos que no exceden los sesenta años; aunque las reglas tienen sus excepciones.

En las embajadas se advierte no sólo el ánimo de viajar por visita, sino también el de reunificar la familia estén en Europa, América o en países pertenecientes al Medio Oriente. Ello sin contar la cantidad de personas que rebasan los sesenta y cinco años, que diario concurren a la embajada de Estados Unidos optando por salida definitiva. Bienaventurados aquellos que tienen algún familiar condolido por la situación que existe y se aprieta el cinturón para rescatarlo.

No todos los que abandonan la isla lo hacen por circunstancias políticas, la emigración siempre existió a nivel mundial. Pero nunca el país había atravesado por tantas situaciones desastrosas a la vez como educación, salud, alimentación y fuerza laboral.

Los seres humanos  buscan un nuevo escenario para desarrollar sus vidas, más cuando tienen la responsabilidad de proporcionar un futuro adecuado a su descendencia. Otros contrarios a sus deseos prefieren ir a morir bien lejos de donde alguna vez sintieron seguridad. Los que no tienen determinadas posibilidades de cambiar su estatus social o de abandonar el país, se resignan a tener que morir en la humildad, pues algunos ni familias tienen. La mayoría abrigaron esperanzas que perdieron al ver la patria sin cambios benefactores. Cada mes aumentan las carencias y se deterioran la honestidad y principios  humanitarios.

Es cierto que algunos individuos rechazan la incorporación a oficios honestos que faciliten sufragar parte de su sostén y se aprovechan de espacios propicios a la mendicidad extraviándose en el camino que conduce a los malos vicios y hábitos de vida.

Ocasiona tristeza ver personas minusválidas pidiendo algo de dinero para comprar un pan con algo y muchas veces sólo acompañado por un refresco que permitirá su sostén durante todo el día. Muchos casos así se incrementan en nuestro país, y no son justamente los llamados “deambulantes”, ya que el gobierno asegura que no hay mendigos, mientras el entorno ofrece la verdad irrevocable en las calles más transitables donde están ubicados restaurantes, cafeterías y paladares de cualquier  categoría.

Esta es la verdadera  fachada  que está a la vista de turistas, la triste estampa de vivir en el desamparo.

Hay que estar muy carente de sentimientos para no experimentar tristeza al ver diariamente a una anciana que casi se recuesta de su descalabrada carretilla para vender flores por las calles San Rafael, Zanja o Galiano; y  a veces,  rebasan las seis de la tarde sin que haya terminado su faena. Eso es muestra de honradez  y no un simulacro de miseria, porque en esa vejez desolada debe apuntalarse para obtener dinero porque de algo tiene que vivir.

De tener todos los jubilados, ancianos o discapacitados  una pensión decorosa que cubra sus gastos necesarios, o un Sistema Seguridad Social protector, su tonificación moral sería otra, porque no tuvieran que desafiar al sol, la lluvia o el frío para buscar garantía de subsistencia.

Existen quienes piensan que el mundo debería librarse de esas personas, sin tener en cuenta que ellas también forman parte del mundo, aunque aquí en la isla nadie se ocupe de transformar la autenticidad de sus argumentos, porque al no existir protestas sociales   los principios morales se deterioran y devienen en el ansiado escape. Así marcha la Cuba de hoy.

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Periodista Independiente y activista del Comité Ciudadano por la Integración Racial (CIR). Realizó cursos de periodismo en la Universidad Internacional de Florida (FIU).

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