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¡Bienvenida! La fiesta de mi vecino

¡Qué felicidad siento! ¡Ha llegado mi vecino! Después de varios años sin verle, hoy tengo la alegría de abrazar a aquel muchacho que de niño jugaba conmigo en las calles de mi barrio. Ha venido de los Estados Unidos, lugar al que emigró de manera ilegal hace tiempo. Trae mucha alegría consigo pues su venida coincide con el aniversario de su más pequeño hijo, al que no veía desde su nacimiento. Una gran algarabía ha inundado el lugar pues el joven es un buen muchacho y toda la vecindad le aprecia y celebra el feliz reencuentro.

Su ingreso fue sobre las 3:00 de la tarde, unos saludos a los que le rodean y cortos comentarios acerca del viaje le retrasaron su entrada a la añorada residencia. Allí le rodearon sus padres, esposa e hijos con grandes abrazos de recibimiento.

En ese momento encaminaba mis pasos rumbo a mi centro laboral. Al regresar, varias horas después, noté que ya había comenzado la fiesta de bienvenida de mi querido vecino. Un equipo de música del tamaño de un niño de 8 años reinaba en el lugar. Era grande y colorido, con enorme capacidad para atormentar.

Resulta que esta máquina del infierno estaba ubicada en la puerta de la casa de mi vecino y atacaba con su jerga más barata y vulgar la tranquilidad del barrio. Un rey sin corona y con cara de bufón que tiranizó cada inocente oído durante horas. La mejor parte está en que la máquina solo amenizaba la fiesta de cuatro personas entre las que ni siquiera se hallaba mi vecino, quien yacía profundamente dormido en una habitación luego de 20 horas sin dormir. ¿Sorprendente, no es así? No dejaron que los demás disfruten de la programación televisiva que, a esa hora de la noche, transmite las telenovelas, los humorísticos de preferencias, las series, el noticiario estelar y demás. Es, de igual modo, el horario en que la familia coincide luego de un ajetreado día frente a una oficina, a un aula o a un consultorio médico…

Dígame, querido vecino, si no concuerda conmigo en que es una soberana falta de respeto que usted quiera restregarle su fiesta a mi cansancio de una jornada de trabajo. Que solo me dejes la opción de apagar mi televisión o irme de mi casa sin un horario de regreso porque desconozco la hora en que te dé la gana de considerarme, o bien te canses de tu propio escándalo y de las groseras canciones de reguetón, o porque al fin te quedes sin voz tras gritarle tus experiencias a tus compinches por encima del volumen de “su majestad, la maquinaria infernal”.

Qué realidad tan triste. Debo confesar que, aunque no todos los días llegan vecinos del extranjero a mi barrio, los ciudadanos de mi país le tienen poco amor a la tranquilidad y poco respeto al espacio de sus vecinos. El ruido es una constante que afecta tanto en edificios residenciales como en los barrios de más bajo nivel. Y es entonces donde quedan preguntas flotando en el aire: ¿por qué no denunciamos a los homicidas del sosiego?, ¿dónde están las autoridades que no toman cartas en el asunto?, ¿para qué diablos pagamos la cotización del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) en cada barrio si el presidente de la cuadra es el primero que grita, bebe y disfruta del festejo abusivo?, ¿quién me defiende si mi vecino se enoja con mi llamado de consideración?

En fin, mi vecino se irá algún día dejándome, tras ello, una gran satisfacción. Debo confesar que extrañaré durante un tiempo mi TV, aunque con gusto me perderé el video de los delegados a las elecciones, el cual es transmitido cada noche luego de la novela. Esos delegados no levantarán nunca la voz para callar la de mi vecino. Estaré atento a su siguiente venida y entonces seré yo quien prepare el equipaje.

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Author

Joven de Bayamo. Miembro del Centro de Estudios para el Desarrollo Local (CEDEL).

ama@aulasabiertas.net

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