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Cuba de la cultura de la espada a la cultura de los valores

Nunca me gustó la definición: “Cultura: escudo y espada de la nación”. A primera vista, parece la más precisa re-contextualización de aquella aseveración martiana: “Ser cultos en el único modo de ser libres”, pero sólo a primera vista.

Mientras que la martiana se sustenta en un ideal inclusivo – la unidad de todos los cubanos, más allá de credos ideo-políticos en aras de la independencia respecto a España-, el apotema atribuido a Fidel Castro reduce la cultura a un cierto carácter beligerante que, a mi entender, es la antítesis de la creación artística y literaria, la ciencia, la tecnología, la religión y el derecho, y reduce las realizaciones humanas concretas a un mero instrumento de confrontación para hacer prevalecer determinada ideología sobre otra, determinado modo de entender las relaciones sociales y la vida sobre otro.

Como mismo Martí tuvo razones concretas y legítimas para organizar la lucha por la independencia de Cuba, ciertamente, los cubanos de hoy también tenemos razones legítimas para defendernos como nación de agresiones extranjeras, o del intento de desvirtuar los valores de este país. Nadie intenta negarnos ese derecho. En todo caso, le concedería a Castro que la cultura es, además, escudo y espada de la nación, sólo cuando se trate de defenderla del atentado a sus valores sociales, o sea, de sus intereses conciliados y acatados por la mayoría, sin distinción de credos o políticos de ocasión en el poder.

La cultura generadora de esa libertad a la que hace alusión el ideario martiano, y sustentada simultáneamente en el ejercicio de la libertad de todos -no de la mayoría o unos cuantos-, en la asunción de la espiritualidad, debería ser asumida con carácter holístico, y no como mera herramienta para la fabricación de productos artísticos contra enemigos ideológicos verdaderos o supuestos, antagónicos o de ocasión; la libertad esencial radica -y debería verificarse-, en el derecho legítimo de cada individuo a pensar a partir de su propio sistema de creencia y saberes individuales y compartidos, y “a ser honrado”, como nos enseñó Martí, y a conciliar su actuación y participación social basado en sus creencias y saberes, con el acatamiento de las leyes del Estado de Derecho, previamente también conciliado ese Estado de Derecho.

La nación cubana de hoy -incluida la diáspora- necesita cultura entendida más como sistema de valores que como arma, la necesitamos con mayor urgencia para encontrar caminos comunes que para encontrar diferencias y enemigos, a simple vista reconocibles, si se aplicaran los procedimientos jurídicos establecidos con hondura y profesionalidad.

Ahora se trata de ser cultos para respetarnos las diferencias, ser cultos para comprender la diversidad ideo política, ser cultos para ser solidarios, sí, no sólo con el que piensa como tú, sino además con el que piensa y se expresa distinto a ti o distinto al partido. Y ser cultos para reconocer el derecho ajeno como propio lo cual, no significa, que haya que ser pasivo y tonto ante quien te quiere mal, o te quiere hacer daño.

Coincido entonces con la interpretación que hacía el profesor bayamés Víctor Montero del ser humano culto, según el ideario martiano. Decía Montero, que él había aprendido de Martí que un hombre culto era aquel que, en primerísimo lugar, hacía bien lo que le correspondía por elección y méritos propios y que, cuando hacemos bien nuestro rol somos buenos, y ya estamos siendo libres, y ya estamos respetando el derecho ajeno a ser libres.

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Editor y columnista. Fue expulsado de la Radio Cubana por sus columnas de crítica sociocultural en la emisora Radio Granma. En el 2010 publicó “El casi libro del inconforme. Retazos de la censura” que en el 2014 fue retirado de las librerías de Cuba. A raíz de la muerte de Fidel Castro, fue expulsado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por no alinearse públicamente al oficialismo.

grodriguez@aulasabiertas.net

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